viernes, 4 de julio de 2014

Chestertoniano

La principal cualidad de un periodista es, a mi entender, transmitir una idea, y cuanto más permanezca dicha idea en el público y más profundas sean sus raíces y abundantes sus frutos, mayor es el logro del periodista. Ni que decir tiene que conseguir esto es tremendamente complicado, especialmente en una sociedad que nos ha educado cuidadosamente para consumir la información en pequeños trozos y desecharlos con rapidez. Pues bien, aun en estas circunstancias de aridez intelectual, todavía hay alguien que es capaz de plantar y obtener fruto de su trabajo y de que éste permanezca aun después del inconveniente de su propia muerte.

Cherteston fue un gran periodista, además de un periodista grande. Era grande porque era capaz de abarcar todos los temas, desde las profundas alturas filosóficas hasta la cotidianeidad más hogareña, y también porque sabía condensar las ideas más grandes en pequeñas semillas (paradojas, las llamaba él), que depositaba, casi como al descuido, en sus lectores. Pequeñas, sin duda, pero armadas de un potencial enorme, fruto de su descomunal sentido común y su muy acertado criterio, y que acababan convirtiéndose en frondosos árboles allá donde encontraba lectores abiertos para acogerlas. 


Porque Chesterton supo extraer de una profesión tremendamente compleja la directriz más sencilla de todas y dedicarse a ella con todas sus fuerzas, como si de la cruzada más importante se tratase y, a pesar de eso, hacerlo como si estuviese cuidando las flores de un pequeño jardín. Más allá de las circunstancias específicas de cada caso, las vicisitudes de tal político o los complejos entresijos de cual juicio, exprimía la realidad y nos ofrecía un zumo depurado de lo que de verdad importa, dándonos la oportunidad de ver más allá de los árboles y contemplar, aunque solo fuese por un instante, un esbozo del bosque completo.

Y es por ello, seguramente, que el inexorable paso del tiempo ha ido forjando en el ideario colectivo una palabra propia para denotar las cualidades que, en suma, tan perfectamente sintetizaba Gilbert Keith Chesterton. Porque no solo dejó tras de sí la profundidad de sus ideas y la claridad con que miraba los acontecimientos que le tocó vivir, sino el sabor de una forma peculiar, propia, de hacer periodismo; un sabor que, por supuesto, no oscurece una de las verdades que con más claridad nos ha legado: que a lo más grande que puede aspirar un periodista es a transmitirse a sí mismo con la noticia, en dejar su huella en el lector, sin comprometer por ello la autenticidad de los hechos sobre los que escribe. Algo, en definitiva, muy chestertoniano. 

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